jueves, 7 de marzo de 2013

Día treinta y seis

Recuerdo que siendo niño encontré paseando un hermoso gorrión en el suelo aun con el plumaje blanco por su juventud, lo cual indicaba que se había caído de un nido cercano. Como el que encuentra un tesoro, lo llevé a casa y lo envolví en un jersey de lana.
Alimentaba a mi amigo cada día infinidad de veces como hubiera hecho su madre. Cada vez que entraba en casa venia volando y se posaba sobre mi, sentía entonces un amor profundo hacia toda la naturaleza.

Un día pensé que era hora de sacarlo a pasear, pues como era un ave y adulta debía conocer el cielo. Me fui a un campo cercano con mi amigo en una jaula. Allí abrí la portecita y me coloqué a unos metros para dejarle volar antes de que se me posara. El pequeño gorrión miró atónito a su alrededor, pues durante meses había visto solo el sol tras las ventanas, cogió impulso y salió volando en linea recta por encima de mi cabeza. Pensé durante unos instantes que volvería, pero no lo hizo. Lo perdí de vista a los pocos segundos y nunca mas supe de el. 

Tenia 10 años cuando aprendí que significaba desapego. Mi amigo estará bien allá donde esté y yo me siento feliz de haber participado en su vida durante un tiempo.

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